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Este blog es un espacio de exploración personal donde comparto herramientas, prácticas y reflexiones que utilizo en mi propia experiencia.
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domingo, 14 de junio de 2026

La Paradoja del control



"Si quiero que algo salga bien, tengo que hacerlo yo mismo. Porque si yo no muevo los hilos acá, esto se cae a pedazos."
"Por eso prefiero cargarme de trabajo yo, antes que delegar y tener que arreglar los errores de otros."
"No es que sea soberbio, es que la gente no tiene sentido de responsabilidad."

Así que:

"Tengo que pensar en todos los escenarios posibles para que nada me agarre por sorpresa. No puedo relajarme hasta que todo esté perfectamente cerrado, si dejo algo al azar, seguro sale mal."

¿Qué pensarías si escucharas a una persona hablar así?

Yo diría que si no baja un cambio, en poco tiempo su vida va a ser un infierno.

Es paradójico que cuando uno escucha a otros, puede percibir con facilidad algunas de sus características, solamente oyendo su diálogo. Sin embargo, lo que nos decimos a nosotros mismos no suele ser tan transparente; nos enredamos en nuestros propios argumentos y nos parece absolutamente coherente. Y debe ser común en el humano, porque ya en el siglo I, un apóstol de Jesucristo llamado Mateo escribió algo que le escuchó decir al propio Jesús:

"¿Por qué te fijas en la astilla que tiene tu hermano en el ojo
y no le das importancia a la viga que está en el truco? ..."

Mateo 7:3

Y a decir verdad, muchas veces me descubro a mí mismo hablándome de ese modo, como en el ejemplo digo, y eso me llevó a pensar en este artículo.

En verdad YO no digo exactamente esas cosas, lo que digo YO es más inteligente, no sigo la corriente como los demás; porque en definitiva "Mis métodos son mejores" ya que "Yo soy mejor que otros".

Bueno, no quiero ser soberbio, podría compartir ese puesto contigo..., quizás solo un poco...

Si te estuviera hablando, después de mis últimas frases, dejaría que te rías un rato y luego seguiría contándote, aunque corro el riesgo a que me juzgues:

Empecemos con una historia de cuando yo era pequeño: tenía unos seis años o menos y recuerdo que estaba con mi mamá en una capilla, ya que ella era muy católica y me llevaba a la iglesia los domingos. El sacerdote estaba hablando y unos niños que estaban allí, seguramente los habían llevado como a mí, estaban jugando y riendo sin prestar ninguna atención a lo que decía el cura. Yo por mi parte, estaba inmóvil escuchando atentamente, aunque no creo que entendiera nada de lo que decía, porque hoy no lo recuerdo en absoluto.

Sin embargo, lo que me viene a la mente junto con esa historia es lo que pensaba, que más o menos era algo así: "esos pibes se la pasan haciendo quilombo, yo en cambio hago lo correcto, como me dijo mi mamá, escucho lo que dice el cura".

¿Notás la similitud con el chiste que hice más arriba? Tiene implícita una moraleja: "YO soy mejor que ellos.".... (¿sonó algo duro verdad?)

No sé qué habrás respondido, pero lo cierto es que creo que no cambió con los años. El nene de la capilla creció, pero se llevó el libreto consigo.

En aquel entonces, para agradar a mamá y quizás para aplacar algún temor, la estrategia era: “Yo me quedo quieto, yo hago lo correcto, yo soy mejor que los que hacen quilombo”.

Con el tiempo, los argumentos y las formas cambiaron, pero el impulso continúa inmóvil y la respuesta sigue en automático.

Cuando noté esto, me pregunté: Y ahora que lo veo ¿Qué hago?

La verdad es que por el momento, no sé si hay que hacer algo.

Ahora ya lo sé, ya pude ver aquella vaca de Dellembach de la que te hablé en la página "Visión", ya sé de mi tendencia, que seguramente existe desde mi nacimiento, porque estoy seguro que a todos esos niños de la historia les habrán dicho que se porten bien y no por eso lo hicieron; yo sí lo hice y hasta te conté el porqué.

Ahora conozco ese hilo motivador que es como un impulso anímico, y si lo llamo soberbia, parece cierto, aunque sin el juicio que implica el nombre, solo es lo que hay.

Ya no soy ese niño y ahora, de adulto, no me molesta hacer lo correcto o ser previsor, de hecho me gusta, pero ya no es automático, ya puedo decidir si me dejo llevar por mis argumentos o no. Yo decido, no aquel hilo invisible que me impulsaba desde la oscuridad a sentir y actuar.

Es solo saberlo, y andar por el camino, en la luz.

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