Tanto en este blog como en el libro, te hablé bastante de las decisiones y de sus motivadores que, en muchos casos, están ocultos a nuestra conciencia hasta que les prestamos atención.
Si leíste "Los hilos que no vemos", habrás visto una imagen como la que está a tu derecha, y en el libro te mencionaba que hay un impulso que muy rápidamente se va intensificando, hasta que finalmente llega a la conciencia luego de algunos segundos, donde podemos verlo pero ya amplificado.
Por eso el dibujo de la espiral.
Nunca te hablé de ese impulso, ni te dije de qué se trata, solo que existe.
Bueno, llegó el momento de decírtelo, al menos desde lo que yo puedo entender.
Y aunque hasta ahora no te he dado directamente definiciones que haya aprendido, ahora lo voy a hacer, ya que ese impulso inicial casi nunca es consciente, así que si te digo que lo percibí, te mentiría.
El impulso previo suele ser anímico, y para hacer un modelo simplificado que la mayoría de nosotros podamos entender, es emitido por una parte del cerebro que se llama la "amígdala".
Es la parte del órgano cerebral más primitiva, la compartimos con seres vivos de menor evolución, desde los reptiles hasta otros mamíferos. Por eso, lo que emite la amígdala podríamos decir -para nuestro modelo simplificado- que es pura energía mental, sin nombre ni definición, solo un desborde de energía que, cuando aparece en el cerebro, lo desequilibra de algún modo. A veces en forma que el cerebro percibe como peligrosa y otras como placentera. En cualquiera de los casos, trata lo más rápido posible de recuperar el balance, utilizando para ello todo su arsenal de recursos, que un neurocientífico podría traducir rápidamente en procesos químicos que inundan tanto al propio cerebro como al resto del cuerpo.
Aquí aparece lo nuestro, si lo relacionamos con lo virtual, el software del humano: "La Mente", que tiene su unidad de procesamiento principal en la parte del cerebro más evolucionada —que no compartimos con ninguna especie viva de la Tierra—: el "lóbulo frontal".
Apenas llega un impulso desde la amígdala hasta el lóbulo frontal, este trata de devolver el equilibrio con todos sus recursos y, principalmente, con lo más evolucionado, lo más humano: "el diálogo interno". De ese modo, utilizando todos los contenidos de la memoria, inventa un diálogo interno que trata de enlazar el impulso energético que lo desborda a él y al resto del cuerpo.
Y ahora es donde debo hablarte de tiempos.
Dicen los neurocientíficos que la unidad de tiempo que se maneja en los procesos mentales son los milisegundos. Sin embargo, nuestra consciencia no alcanza a percibir períodos de tiempo en milisegundos; por ejemplo, si yo te dijera ahora: "YA", ya pasó casi un segundo -puedes medirlo con un cronómetro y lo verás-.
Pero un segundo son muchos, muchos milisegundos -1000 para ser exactos- y para que el lóbulo frontal pueda comenzar a procesar el impulso anímico, los expertos en temas del cerebro afirman que, desde el impulso emitido por la amígdala hasta la primera reacción del frontal, pasan aproximadamente 60 milisegundos, o sea, 60 unidades de tiempo cerebral. No sé si te parece poco o mucho, pero lo cierto es que 60 milisegundos aún es un proceso inconsciente; o sea, no lo percibimos todavía.
De acuerdo al diálogo que genere el frontal sin la intervención de nuestra consciencia, puede suceder que tienda a calmarse el impulso o a empeorar y generar más energía anímica descontrolada.
Lo primero sería bueno, aunque en general pasa lo segundo, porque el lóbulo frontal, en su afán de recuperar el balance ante esa "energía sin nombre", recurre a la memoria para intentar etiquetar lo que siente.
Si el impulso original le genera al frontal miedo o amenaza, el diálogo interno no dice "no pasa nada"; al contrario, empieza a buscar razones para justificar ese miedo: "¿Y si pasa lo peor?", "¿Y si se dan cuenta?", "Esto ya me salió mal otra vez".
Pero este desborde energético no siempre es negativo (como los que te mencioné); puede generarle una ola de euforia desmedida ante una buena noticia, o un impulso eléctrico de erotismo y atracción.
Sea cual sea el tinte de la emoción, el frontal reacciona creando un diálogo interno que justifica y alimenta esa energía. Si es euforia, dirá cosas como: "¡Esto es perfecto, nada puede salir mal, soy invencible!"; si es erotismo, desatará una cascada de fantasías y proyecciones visuales en milisegundos.
Es aquí donde se cierra el circuito que ves en la imagen de arriba. Ese diálogo interno cargado de pensamientos (sean de alarma o de excitante placer) viaja de regreso (la flecha superior) directo hacia la amígdala. Al recibir este nuevo "combustible" cognitivo, la amígdala interpreta que la situación requiere aún más intensidad y responde enviando un impulso todavía más fuerte de vuelta al frontal.
Este viaje de ida y vuelta ocurre a una velocidad asombrosa, repitiéndose decenas de veces en lo que para nosotros es solo un parpadeo. Para cuando el proceso finalmente cruza la barrera de la consciencia y nos damos cuenta de lo que nos pasa —un segundo después de esa chispa inicial— ya se ha convertido en un incendio absoluto. La espiral de la que te hablé al principio ha alcanzado su máxima amplificación, ya sea en forma de un ataque de ansiedad, una compra impulsiva por pura euforia, o una fijación pasional.
Lo fascinante (y lo peligroso) es que, si esto sucede en automático (sin que lo sepamos), nos volvemos prisioneros de una narrativa que nosotros mismos fabricamos sin darnos cuenta. Pasamos de ser los directores de nuestra vida a ser los títeres atrapados detrás de los hilos de nuestra propia mente inconsciente, reaccionando a impulsos que ni siquiera vimos nacer.
Me dirás: ¿Y por qué es fascinante? Parece más bien un problema.
Porque, justamente, lo que ocurre en las sombras es lo que nos muestra, ahora que podemos apreciar el impulso amplificado, con qué aspecto lo estamos asociando. Cuando lo vemos, esa carga energética que se inició en la amígdala sin un nombre específico ya lo tiene, porque viene acompañado de un diálogo interno que el lóbulo frontal generó antes. Así que al percibirlo, si conocemos este proceso natural, podemos dejarnos llevar por ese diálogo iniciado en la oscuridad de la conciencia o salir de la rueda, cambiando de paradigmas.
¿Y como se sale de esa rueda?
Aquí es donde el software humano muestra su verdadera magia. Si bien no podemos evitar que la amígdala dispare su energía inicial (porque es un mecanismo biológico automático), sí podemos entrenar a nuestra consciencia para que actúe como un "Observador".
Cuando el incendio llega a la superficie y te descubres diciendo: "Soy invencible" (ya se convirtió en euforia) o "Todo va a salir mal" (ya suena a miedo), el secreto no es pelear contra el pensamiento, sino atraparlo in fraganti. Es decirse a uno mismo: "Ah, mirá el diálogo que inventó mi lóbulo frontal para justificar la energía anímica".
En el preciso instante en que observas el diálogo en lugar de morder el anzuelo, el hilo invisible pierde su tensión. El títere empieza a cortar sus propias cuerdas.
Por eso creé este espacio, para que sabiendo como funciona la mente, puedas recuperar el asiento del director.
Pero eso solo si vos lo deseás.
"Antes de curar a alguien, pregúntale si está dispuesto a renunciar a las cosas que lo enfermaron."
Hipócrates de Cos (Siglo V a.C.)
Muchas veces, el diálogo interno del lóbulo frontal (la queja, el rol de víctima, la euforia desmedida o la obsesión) genera una extraña zona de confort o un "beneficio secundario".
Para cortar el hilo invisible y salir de la rueda, hay que estar dispuesto a soltar la narrativa que se construyó y perder momentáneamente ese confort.
Si alguien quiere calmar su ansiedad pero no está dispuesto a soltar los pensamientos catastróficos que la alimentan (la flecha que vuelve a la amígdala), la curación es imposible.
Detrás de los hilos no hay un destino escrito; solo hay un mecanismo esperando ser visto. La próxima vez que sientas la chispa... ¿te vas a dejar quemar, o vas a mirar el hilo?
"Nadie puede construirte el puente sobre el cual debes cruzar el flujo de la vida, nadie más que tú mismo.
Es verdad que existen innumerables senderos, puentes y semidioses que querrán pasarte al otro lado, pero solo si te vendes a ellos: te pondrías en prenda y te perderías.
En el mundo existe un único camino por el cual nadie puede transitar excepto tú.
¿A dónde conduce? No preguntes, síguelo".
¿A dónde conduce? No preguntes, síguelo".
Friedrich Nietzsche (Siglo XIX)
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