
La mente pasa por muchos estados: agitación, angustia, miedo, inseguridad… y también alegría, euforia, amor.
Pero entre todos ellos, hay uno que no es un estado más, sino una puerta: la calma.
No porque en ella todo se resuelva, sino porque, cuando hay calma, lo que estaba oculto no necesita defenderse. Puede salir a la luz sin temor a ser juzgado o corregido.
Y quizá lo más simple de todo es que esa puerta no está lejos.
A veces se insinúa con algo tan pequeño como una respiración profunda,
o un instante de silencio sin hacer nada más.
En ese silencio amable, no miramos para juzgar.
Solo para reconocer lo que aparece.
Solo ver, sin más, sin corregir nada.
En el silencio, con el cuerpo relajado y la atención abierta, pueden aparecer pensamientos, emociones, recuerdos o comprensiones que no estaban presentes antes.
En realidad, siempre estuvieron ahí. La calma solo les dio espacio para mostrarse.
Esto es natural. No es un error. No es una señal de que algo esté mal.
En este punto, no es necesario cambiar nada, ni sacar conclusiones. No hace falta tomar decisiones todavía.
La conciencia recién está viendo. Y ver, a veces, es suficiente.
Algunas de estas apariciones pueden ser agradables. Otras, incómodas.
Pero ninguna necesita ser reprimida ni resuelta ahora. Solo reconocidas.
Si sentís confusión, inquietud o intensidad emocional, no te apures.
Este momento no es para actuar. Es para aprender a estar presente sin intervenir.
Más adelante habrá espacio para decidir. Ahora, dejamos que lo que apareció encuentre su lugar.
La calma no es el final del camino. Es un umbral.
“Nada en toda la creación se parece tanto a Dios como la quietud.”
(Meister Eckhart)